La historia detrás de Mind Alma Studio

Desde que puedo recordar, me sentí como el problema.

Mientras que otros parecían entender cómo vivir, comunicarse, ser parte del mundo y simplemente fluir, para mí todo era complejo. Como si los demás hubieran recibido un manual de instrucciones para entender cómo funcionar en este mundo y yo no. Lo único que podía hacer era observarlos e intentar imitarlos, mientras batallaba internamente con el dolor de no lograr ser como ellos.

Era como estar sentada en los asientos de un cine viendo la película de mi vida. Se suponía que yo debía ser la protagonista, pero me sentía como una espectadora más incapaz de ser parte de lo que ocurría, de mi propia vida.

Junto con esa profunda sensación de aislamiento y ansiedad, también crecía la creencia de que no podía compartir con nadie lo difícil que se sentía vivir ni lo perdida que estaba. Mi cuerpo reaccionaba ante la idea de mostrarme tal como era como si se tratara de un peligro inminente, y no tenía las herramientas ni la edad necesarias para cambiar eso.

Así que crecí pretendiendo. Sonriendo cuando era necesario. Siendo amable. Intentando convertirme en la persona que yo creía necesitaban los demás que fuera. Entregando a otros el amor, el cuidado y el apoyo que no tenía ni para mi.

Había algo malo conmigo. No podía pensar en otra explicación.

Recuerdo tener 12 años y saber con absoluta certeza que la misión de mi vida era conseguir amarme. Siendo solo una niña, podía percibir que los demás no cargaban con tanto rechazo propio como yo y que compartir esto con otros significaba ser vista como diferente, rara, demasiado sensible, o simplemente que me miraran con desaprobación.

Y desde ese momento, cuando creí comprender la misión de mi vida, me enfoqué en aprender sobre desarrollo personal, mentalidad y espiritualidad. Siempre buscando una nueva manera de convertirme en una mejor versión de mí misma.

Tal vez así, por fin, podría sentir que pertenecía. Tal vez así me ganaría un puesto en la mesa de los “normales”. Tal vez así desaparecerían la ansiedad, el miedo y esa incapacidad de actuar o comunicarme como realmente quería.

Tal vez así lograría amarme de verdad.

Pero al final, todo lo que intentaba solo reforzaba la creencia de que yo era la razón por la que nada funcionaba. Cada nuevo intento comenzaba con motivación y terminaba en el mismo lugar o peor. Cuando algo funcionaba para otras personas pero no para mí, la conclusión siempre era la misma: el problema debía ser yo. Me convertí en la víctima y la victimaria de mi propia historia.

Tuvieron que pasar treinta años para llegar a la respuesta que necesitaba.  El simple hecho de ver un video y sentirme representada lo cambió todo.

A mi vida llegó el autismo. Tuve que dejar de lado los prejuicios que tenía sobre él cuando vi por primera vez a una mujer con diagnóstico tardío compartiendo su experiencia.

Por primera vez escuché a alguien describir vivencias que parecían sacadas de mi propia vida. Cosas que nunca había sabido explicar y que siempre había asumido que eran defectos personales.

Me permití explorar esa posibilidad. Me permití preguntarme si aquello que estaba escuchando podía tener relación con mi propia historia. Ese fue el inicio de mis dudas.

Durante los primeros seis meses, el autismo se convirtió en mi interés especial. Y, junto con todo el conocimiento que iba adquiriendo, también aparecieron dos sensaciones contradictorias.

Por un lado, alivio. Por fin tendría una explicación, una razón detrás de tantas experiencias que me habían acompañado durante toda mi vida. Tal vez no había algo malo en mí después de todo,

Por otro lado, miedo. Porque si realmente era autista, tendría que replantearme muchas cosas que creía saber sobre mí misma y sobre mi vida.

Después de eso, decidí buscar respuestas profesionales. Para algunas personas un diagnóstico no es necesario. Para mí sí lo era. Necesitaba saber que no estaba imaginando cosas. Necesitaba dejar de preguntarme si todo era un intento desesperado por justificar aquello que siempre había creído que estaba mal en mí.

Así fue como, nueve meses después de ver ese primer video, recibí mi diagnóstico. Pero no llegó solo el autismo. También apareció el TDAH. Al principio fue una sorpresa. Después, todo cobró sentido. Sentí que finalmente me estaban dando el contexto que había faltado durante toda una vida.

Aquellos no fueron simples diagnósticos ni justificantes. Eran las piezas que por fin encajaban y me permitían comprender mi historia completa.

No puedo decir que esto lo cambió todo. Fue como cuando la marea fuerte trae a la superficie cosas que llevaban años ocultas bajo el mar. Desde entonces, este ha sido un proceso que vivo día a día.

Es enfrentar fantasmas del pasado, del presente y del futuro. Es aprender a priorizarme. Es dejar de utilizar al mundo entero como referencia para decidir cómo debería vivir. Es atravesar duelos. Es reconstruir relaciones. Es soltar patrones de autodestrucción. Es redescubrirme una y otra vez.

Todo esto me ayudó a comprender algo fundamental. Durante años intenté aplicar estrategias diseñadas para personas que experimentaban el mundo de una forma diferente a la mía. No fallaban porque yo fuera incapaz. Fallaban porque no estaban pensadas para las necesidades de mi cerebro.

Lo que era posible para otras personas no siempre era posible para mí de la misma manera. Comprendí que tengo un cerebro para el que muchas veces el sistema no está diseñado. Y eso no nos hace menos valiosas. Entender esto cambió profundamente la forma en que me veía a mí misma. Pero también me hizo darme cuenta de algo más: no era la única persona viviendo esta experiencia.

El dolor que durante tantos años creí que era solo mío también estaba presente en la vida de muchas otras mujeres. Mujeres que, al igual que yo, crecieron sintiéndose defectuosas, intentando encajar, luchando contra ellas mismas y creyendo que solo necesitaban esforzarse más para finalmente convertirse en la persona que se suponía debían ser.

Gran parte de aquello que había aprendido durante años sobre desarrollo personal y mentalidad no estaba diseñado para personas como nosotras. Muchas de esas enseñanzas me ayudaron, pero otras me empujaban a seguir luchando contra características que no eran defectos, sino parte de la forma en que funciona mi cerebro.

No necesitaba convertirme en alguien diferente sino descubrir quien realmente era sin todo el ruido externo. Necesitaba aprender a construir una vida que funcionara para mí. 

Así nació Mind Alma Studio

Quise crear el lugar que mi niña de doce años necesitaba. Un lugar donde pudiera verse reflejada sin sentir vergüenza. Donde se hablara con honestidad sobre aquello que siempre creyó que debía esconder. Donde pudiera encontrar nuevas perspectivas, experiencias y recursos para descubrir su propia forma de vivir, en lugar de seguir intentando encajar mientras se desconectaba de su verdadera esencia.

Si has llegado hasta aquí, quizá una parte de mi historia también haya resonado contigo. Tal vez conoces el peso de sentirte diferente, tal vez llevas años intentando entender por qué vivir se siente tan difícil para ti, o quizá todavía estás buscando respuestas y ni siquiera sabes por dónde empezar.

Sea cual sea tu historia, quiero que recuerdes algo: No necesitas tener todo resuelto para empezar a construir una vida que se sienta más tuya.

No puedo prometerte que el camino será fácil. Yo sigo recorriéndolo cada día y encontrándome con nuevos desafíos. Pero sí puedo decirte que existe otra forma de vivir. Una donde dejas de luchar constantemente contra quien eres y comienzas a descubrir qué necesitan realmente tu mente, tu cuerpo y tu alma para sentirse en paz.

Ese es el camino que deseo recorrer contigo a través de Mind Alma Studio.

Porque creo profundamente que todas merecemos la oportunidad de construir una vida que no esté definida por el miedo, la culpa o el rechazo, sino por la comprensión, la autenticidad y la libertad de ser quienes realmente somos.

Con cariño,

María Gabu